UNA MALDITA JOYA
- Manuel Arboccó de los Heros

- hace 19 horas
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Por Manuel Arboccó de los Heros
Psicólogo, escritor y docente universitario
- Tienes los ojos de tu madre
- Y la pinga de mi padre, ¿y?
- ¡Qué grosero te has vuelto!
Los ojos de tía Angelina reflejaban un sentimiento cercano al desprecio. No podía entender la actitud desafiante de su sobrino a quien solo quería acompañar a transitar el dolor por la muerte de su madre, su hermana Meche. Víctima de un cáncer uterino demasiado agresivo.
Pero la tía Angelina había olvidado que dejó de estar, cerca de quince años, en la vida de Paolo, desde que lo vio en aquella última navidad del 2012 cuando el niño tenía apenas nueve años. Hoy a los veintitrés, de ese niño regordete de cabeza redonda y cuello siempre sudado, no quedaba mucho. Había dado paso a un joven esbelto, egoísta y camaleónico que no había terminado en prisión porque, como decía la abuela: Dios es grande.
En prisión no, pero en un sanatorio mental sí. Y más de una vez. Con diagnósticos que cambiaban de nombre, pero no de fondo: “desorden del estado de ánimo”, “conducta impulsiva”, “tendencia narcisista” hasta “trastorno antisocial de la personalidad”. Paolo había aprendido a sonreír antes de cada engaño, y a decir te amo antes de cada puñalada. En casa, los que lo conocían, lo consideraban un bueno para nada. Abandonó el primer año de estudios en administración de empresas, más por desidia que por falta de inteligencia, para dedicarse al cachueleo, a la venta de estupefacientes en discotecas pitucas del sur de Lima y a la buena vida gracias a sus novias —y a la billetera de sus padres— a quienes había engatusado y manipulado una tras otra.
Buscaba chicas con dinero, bellas, si era posible, y las conquistaba con mucha facilidad gracias a su carita de actor de Hollywood, su labia acelerada y una musculatura de Apolo trabajada, eso sí, tras muchas horas de visitas al gimnasio.
- ¿Sabes qué, Paolo?, yo mejor me retiro. Nos vemos mañana en el camposanto.
- Mejor, —dijo secamente—. No le importaba.

Y esa fue la última vez que tía Angelina y Paolo cruzarían palabra alguna. Pasadas las exequias de la madre sus vidas no volvieron a cruzarse curiosamente hasta la muerte de la tía, diecinueve años después, cuando en el velatorio asistió Paolo ahora convertido en un respetado miembro de la policía nacional, institución a la que llegaría seis meses después de la muerte de su vieja, perdido y amargado. Y fue esta organización la que de alguna forma lo salvó de terminar en la cárcel, el manicomio o la misma morgue, tres lugares que no le habían sido del todo esquivos años atrás. Justamente, fue luego del accidente en moto, en esas locas y clandestinas carreras por la Costa Verde, y la muerte de su enamorada Maritza, que Paolo decidió postular a la policía. Más por desesperación que por convicción, más por hartazgo de todo que por vocación.
- Lamento mucho la pérdida tío, le dijo al pobre Mario, que congojado recibía a todos en la sala especial de la iglesia preferida en vida de su amada esposa. Otra vez el cáncer, pero esta vez de mama.
- La quería como a mi madre, dijo y sonrió leve, triste y casi imperceptiblemente.
- Gracias sobrino, ella también te quería mucho.
Con su impecable uniforme y ese aire a George Clooney nadie en la sala —mucho menos los más jóvenes— imaginaba de qué estaba hecho antes de ese uniforme.
Antes de retirarse, Paolo se acercó al féretro donde descansaba ya del cáncer la tía Angelina. Se persignó como lo hacen los buenos católicos. Se quedó en silencio cabeza gacha por dos minutos y tras unas palmaditas en el ataúd se despidió de la tía pensando: tía de mierda.





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