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LA INQUIETUD DE PEDRO

  • Foto del escritor: Manuel Arboccó de los Heros
    Manuel Arboccó de los Heros
  • hace 8 horas
  • 5 min de lectura

Por Manuel Arboccó de los Heros

Psicoterapeuta, docente y escritor





No entendían por qué no moría. Su cáncer supuestamente terminal no lo acababa. Curiosamente Don Pedro no se mostraba triste, ni desesperado, ni siquiera parecía preocupado. El diagnóstico de cáncer de estómago con metástasis al riñón derecho y al testículo izquierdo, si bien le cayó por sorpresa –se sentía muy sano- no le generó lo que se espera que provoque en el común de la gente: episodios de pena, frustración, ira y tal vez miedo; o desesperación y culpa. Nada de eso. Don Pedro había salido ileso del diagnóstico, hasta parecía no importarle morir. Lo que sí le inquietaba era la distribución de su dinero, de sus ganancias acumuladas durante más de cuarenta años de su vida desde que ingresó a trabajar al Taller Méndez Hermanos. Quizá porque sabía que sus tres hijos además de lambiscones y buenos para nada eran, también, unos angurrientos.



Siendo un muchacho tuvo que ganarse la vida. Le había gustado mucho la idea de ser abogado; cuando niño allá en la selva de Pucallpa, su tierra natal. Pues se percató que todo buen hombre que decía ser abogado generaba un aura de misterio, inteligencia y poder a su alrededor. Así como algunos niños sueñan con ser bomberos, policías o futbolistas, él quería ser un hombre de leyes y quizá hasta algún día, un juez.

Y desde niño se imaginó escuchar en todo lugar al que él llegara: “Ya llegó el doctor”. Pero antes de terminar el colegio fue consciente que ese sueño debía postergarse porque su padre no tenía los recursos necesarios para enviarlo a estudiar a la ciudad. Así que aprendió las labores del campo y de la cocina, también de animales y de negocios y poco después de alcanzar la mayoría de edad se vino a Lima con la intención de trabajar y estudiar. Se vino de Pucallpa solito siendo menor de edad y se hizo hombre estando en Lima. Pero solo pudo trabajar y teniendo menos de 22 años ingresó sin saber nada de mecánica al taller de los hermanos Méndez, una familia chalaca que lo acogió con aprecio y enseñó el oficio, y las mañas también.



Entre llaves, destornilladores, alicates, gatos hidráulicos, prensas y equipos de diagnóstico, y elementos de seguridad, fue entendiendo que uno propone, pero el contexto dispone. Y fue creciendo, haciendo amigos, viviendo romances y aprendiendo cada vez más de autos, camionetas y motocicletas. Se hizo un experto, y con una clientela que lo apreciaba y recomendaba.





Imagen tomada de la web





Hacía algunos años que había decidido jubilarse. Fruto de su trabajo había podido realizarse: se había casado, comprado su casa y sacado adelante a sus tres hijos, quienes, a pesar de ser adultos, seguían esperando la propina; en especial el menor Fernando. Tremendo manganzón, quien seguía solicitando se le llame por su nombre de pila a pesar de contar con más de treinta y seis años: Ferdi.

Hoy, ya con cerca de setenta años, el señor Pedro veía la vida como un viaje complejo y complicado: nunca libre de contradicciones, con alegrías y penas. Si bien ya había casi desaparecido ese lejano objetivo de ser un hombre de ley, solía tener uno que otro sueño repetido donde se veía en un tribunal defendiendo algún pobre cliente, dando cátedra de normas y códigos e impactando con un verbo florido y académico. Incluso en uno de esos sueños, fue ovacionado por toda la sala y el juez de turno se arrodilló frente a él llorando y pidiéndole un autógrafo. Ese hermoso sueño fue interrumpido por Ferdi que lo despertó para que le preste dinero con qué pagar el balón de gas que el inútil había solicitado esa mañana.

 

La realidad señalaba que el fin estaba más cerca que nunca. Cáncer, metástasis, quimioterapia, hospitalizaciones, herencia, todas esas palabras que empezaban a mantenerlo reflexivo y taciturno. Nunca había pensado en qué pasaría con su casa, ahorros en el banco, su colección de herramientas acumuladas en tantos años, su ropa y demás pertenencias. Ahora debía ponerse a pensar en eso, pues el médico en un arranque de honestidad le había dado a entender que la parca estaba muy cerca. Y así como a Pedro se le ocurrió repartir sus pertenencias entre sus tres hijos, pues su querida esposa ya había fallecido un año antes y desde entonces la extrañaba mucho todos los días. Así que todo sería finalmente para ellos.



Pero un día, tras una visita a la iglesia barrial, algo se movió en su cabeza. Se preguntó: ¿por qué debo dejarles mis pertenencias y ahorros producto de tanto sacrificio y trabajo a estos tres?  Y sí, efectivamente, no había una respuesta que lo convenciera por lo que fue vendiendo sus cosas más valiosas y retirando sus ahorros, que tampoco eran muy altos. Decidió hipotecar su casa a su banco de toda la vida, justificándolo ante la entidad como parte de una gran nueva empresa a iniciar. Se lo creyeron.



Llegó a juntar una buena cantidad de dólares y con ello se compró un pasaje a Brasil, país que por su clima le recordaba a su Pucallpa querida. “Si me ha de agarrar la muerte, que lo haga en las playas de Ipanema” solía pensar y risueño emprendió ese viaje. A su familia le señaló, muy escuetamente, que iba a ser ese viaje por una semana porque era un viaje que había estado pendiente en su vida. Y así evitó conflictos, negativas, interrogatorios por su salud, y demás excesos de moralina sobre su repentina decisión. Pero lo real fue que el buen Pedro desapareció del radar de su familia desde la tarde del 13 de enero del 2026 cuando se despidió para dirigirse al aeropuerto que lo llevaría a Río de Janeiro.



Por más que llamaron luego a la embajada peruana en Brasil, por más que su hija mayor viajó hasta allá e intentó una intrépida busca, nunca se enterarían hasta un año y medio después que su padre había vivido en la zona sur de Río de Janeiro y había sido un viejo feliz. Disfrutó de las playas, las sexys jovencitas que se divertían allí, la caipirinha que caía bien a todas horas y el mejor fútbol del mundo hasta que un infarto cardiorrespiratorio fulminante lo dejó tumbado en el baño. El constante sonido de la ducha terminó generando sospechas en el servicio del hotel, que fueron los que dieron aviso a la policía local. Para cuando llegaron, don Pedro se había marchado para siempre.



Había que ver la sonrisa que, después de todo, llevaba ese hombre en el rostro. Ya en el velorio, de vuelta en Lima, hasta parecía que el difunto estaba feliz.

 

 

 
 
 

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