A VECES SUCEDE GAEL

Por Manuel Arboccó de los Heros
Psicólogo, profesor universitario
- “A veces pienso que todo lo que hago te desagrada… A veces pienso que todo lo que yo soy, lo detestas”.
Luego de algunos segundos de silencio ella le dijo:
- “Sí, para que te lo voy a negar”, -dijo ella- . “Es cierto. A veces ya tu sola presencia me hastía”.
Y luego se levantó de la cama y salió de la habitación.
Doris y Gael llevaban dieciocho años juntos. Tenían juntos una pequeña de siete años y un muchacho de catorce, que ya había sentido los primeros llamados del enamoramiento adolescente. Pero la situación matrimonial pasaba un periodo crítico desde hacía varios meses. En ambos, las responsabilidades, los hijos, los gastos, los problemas laborales, sumados a algunas frustraciones muy personales, habían hecho que esa complicidad, intimidad, paciencia y sentido del humor compartido se fueran agotando.
El sexo gozoso, constante y no planificado había pasado a ser casi inexistente y solo aparecía un breve apetito carnal mutuo cuando ambos regresaban de una fiesta, llenos de alcohol y de desinhibiciones. Un breve ritual físico y predecible se desarrollaba hoy en ese lecho matrimonial donde luego de un par de minutos cada uno regresaba a un lado de la cama; Gael al izquierdo y Doris al derecho, y se dormían profundamente. A la mañana siguiente, casi avergonzados y ocultando sus cuerpos desnudos, se levantaban y no se dirigían la palabra, más lo mínimo necesario, generalmente tareas del hogar, antes de partir cada uno al trabajo: en auto Doris y en bicicleta Gael, pues la bodega le quedaba cerca. Doris llevaba a los chicos al colegio pues estaba de paso al hospital.
Doris, psicóloga de profesión, había agotado -tiempo atrás- la búsqueda de terapia con una colega muy exitosa. Y veía cada vez más cerca el divorcio, aunque ello la ponía triste. Gael, no lo quería ni pensar. Tenía temor de quedarse aún más solo y le preocupaba la estabilidad emocional de sus menores hijos, muy pegados a ambos. Además, que eso de las visitas y pasar pensiones siempre le había parecido un negocio muy lucrativo para los abogados, pero una desgracia para la pareja y la familia.
Antes de que nacieran sus hijos, ambos habían sumado esfuerzos y habían abierto una bodega cerca de la casa, aprovechando un terreno que heredó Gael de su padre que a su vez lo había heredado del abuelo. Gael había entonces decidido renunciar a su trabajo como contador de una empresa privada en la ciudad de Arequipa para dedicarse tiempo completo a la tienda de abarrotes. De esto ya hace más de quince años y le había sido muy rentable la bodega. Bien surtida, había crecido y hoy ya tenía dos ayudantes contratados para atender al público mientras él se dedicaba a la caja y a las cuentas.

Pero un día ocurrió algo difícil que terminaría con la bodega y con el matrimonio de Gael y de Doris y va como sigue:
La bodega, de entre los cientos de productos que ofrecía, vendía preservativos. O condones, como decían los clientes más sencillos. Y había un cliente muy asiduo, en particular, -ya mayor- que siempre los adquiría y en gran cantidad desde hacía meses. Lo que inicialmente le sacó una sonrisa a Gael, por la mirada pícara del octogenario, había pasado a ser una compra rutinaria más.
Cada fin de semana llegaba este misterioso anciano y se llevaba tres o cuatro paquetes de condones.
- “¿Y para qué querrá tantos preservativos”? – se preguntaba Gael.
Pero las dudas también tienen un plazo de caducidad y un buen día, animado por el buen clima, el éxito de ventas de la semana y la familiaridad del cliente se animó y le preguntó:
- “Disculpe señor, no vaya a tomarlo a mal. Pero tengo una pregunta de puro curioso”
- “Sí, dígame” —respondió simpáticamente el anciano.
- “Siempre viene los fines de semana y se lleva tres o cuatro cajas de preservativos. No se vaya a incomodar, pero me preguntaba para qué tanto”, dijo Gael y sonrió tímidamente.
Luego de algunos segundos, como los segundos de silencio de Doris, el señor le respondió sonriendo y dando claras muestras de querer conversar:
- “Es para mi hijo. Es muy reservado y todo le avergüenza, y a pesar de ser un cuarentón no puede venir a comprarlos por él mismo y la mujer con la que sale me llamó para pedirme que lo apoye con ello. Es que él tiene mucho amor para darle. Usted entiende”.
- “¿Y por qué no los compra ella? Disculpe, no quiero ser impertinente”, señaló Gael sin aguantarse el chisme.
- “No se preocupe joven, no es impertinente. Yo también me sorprendí. Lo que ocurre es que ella es otra cojuda, y eso que mi hijo me ha dicho que es pisicóloga”
- “¿Será psicóloga?”
- “Sí, eso. Los que estudian la cabeza. Es curioso porque primero fue la psicóloga de mi hijo y luego terminaron siendo amantes”.
- “¿Novios querrá usted decir?
- “No. Amantes. Ella es casada. No la conozco personalmente y mi hijo no cuenta casi nada. Una vez llegó a casa algo mareadito y me contó algo; que salía desde hace unos meses con una buena hembra, insatisfecha e infelizmente casada -desde hace dieciocho años. Con un don nadie y con dos hijos que nunca había querido tener. ¿Qué le parece?
Gael no dijo nada, pero su rostro estaba desencajado.
- “Había sido su psicóloga, pero luego terminaron enamorándose con todo y revolcón en el consultorio del hospital. ¿Puede creerlo?
- “Ya veo”, solo atinó a decir en voz baja Gael.
- “Bueno, así es la vida ¿cuánto le debo por esto? dijo el anciano levantando la bolsita con las tres cajas de condones.
- “Ahhh… son …son quince…, son quince soles”, dijo tartamudeando y algo cetrino Gael.
La antigua, aunque funcional caja registradora emitió el típico sonido de cada venta, aunque Gael ya no oía nada de eso, solo tenía oídos para un incesante pensamiento: “y ahora, ¿qué hago?”





Comentarios