EL VENENO
- Manuel Arboccó de los Heros

- 5 ago
- 2 min de lectura
Por Manuel Arboccó de los Heros
Psicólogo clínico, escritor y docente
Todos los días ingiero veneno.
Desayuno un café, de esos instantáneos, y bien azucarado; unos huevos fritos con tocino grasoso y un jugo cuyo envase promete ser de naranja, pero en realidad es cualquier cosa menos eso.
Almuerzo ponzoña también.
Generalmente lo tomo en estos espacios de comida rápida, barata y sabrosa donde condimentados pedazos de supuesto pollo y carne acompañados de papas fritas y chicha morada de sobre junto a postres de esos que perduran varios meses en la refrigeradora.
Para la merienda o cena de la tarde, puedo decir que no como tan mal. Una taza de té filtrante y unas tostadas con mantequilla y mermelada me son suficientes.

Imagen tomada de la web.
Cuando llega la última cena del día, me cuesta vencer la tentación del puerco. Llevo el alma del cerdo en mi interior. Incluso la hora no es la apropiada para comer -pasadas las 11 de la noche- una gran hamburguesa con papas, ensalada y todas esas salsas que solemos echarnos los marranos hasta decir basta: ají, mostaza, tártara, mayonesa y kétchup. Acompañada de una gaseosa heladita de medio litro. Y para despedir todo eso, un buen chocolate que más tiene de manteca y grasas vegetales que de cacao.
Mi médico de cabecera me dice que como muy mal y me vaticina que en unos meses volaré en triglicéridos y colesterol. Luego vendrá la diabetes y la hipertensión. Y quizá en unos pocos años, con el sedentarismo laboral y el estrés de la vida moderna, me despida de este mundo reventando en mil pedazos. Lo cual sería apoteósico.
- Debes cuidarte. ¡Hasta cuándo quieres que te lo repita!, -me dice ella.
Me quedo pensando: pero si mi peor veneno eres tú.





Comentarios