SOBRE EL LIBRO CARTOGRAFÍAS DEL VACÍO, DE CARLOS ESPARZA
- Manuel Arboccó de los Heros

- 4 jul
- 6 min de lectura
Por Manuel Arboccó de los Heros,
Psicólogo, Psicoterapeuta y Docente Universitario
RESEÑA DEL LIBRO
Libro: Cartografías del vacío. Pensamiento y subjetividad en el mundo tardocapitalista
Autor. Carlos Esparza Melo
Año: 2025
N. de páginas: 92
Ciudad: Lima.
Carlos Esparza Melo combina sus conocimientos de psicología y filosofía (sus dos profesiones) para presentarnos el libro CARTOGRAFÍAS DEL VACÍO. Pensamiento y subjetividad en el mundo tardocapitalista; un sesudo análisis crítico de los vaivenes de nuestra sociedad posmoderna como también se ha dado en denominarla.
De inicio nos recibe con una cita demoledora del filósofo Theodor Adorno de su libro Dialéctica negativa quien nos dice: “La exigencia de que el sufrimiento hable es la condición de toda verdad. Pues el sufrimiento es objetividad que pesa sobre el sujeto”. Y es en esa búsqueda de las condiciones culturales que pesan sobre el ser humano actual que está la tentación, pero también el riesgo, de encontrarnos con tendencias, actitudes e ideologías que muchas veces contribuyen al pesar actual. No por nada vemos que las cifras de ansiedad y depresión, así como síntomas clínicos tales como insomnio, cefaleas y demás tensiones aumentan exponencialmente.
El texto está dividido por su autor en seis secciones denominadas:
Sección I. Filosofía del vacío y la subjetividad contemporánea
Sección II: Capitalismo, deseo e individualismo
Sección III: Tiempo, aceleración y existencia
Sección IV: Política, desencanto y comunidad
Sección V: Cine, monstruosidad e imagen
Sección VI: Ética, amor y acompañamiento humano

Al inicio nos recuerda que, en estos tiempos dominados por la aceleración, la saturación informativa y el descuido de la vida interior pensar se ha vuelto no solo una actividad escasa sino hasta contra cultural. Y con el apoyo de pensadores de la talla de Hanna Arendt, Jean Baudrillard, Zigmunt Bauman, Byung Chul-Han, Gilles Deleuze, Viktor Frankl y otros, nos va compartiendo su propia mirada de los defectos colectivos que vienen impregnando la mente individual, con valores, modas y orientaciones que nos van quitando peso humano.
El Otro, así con mayúsculas, va desapareciendo nos dice Esparza. En este mundo digital donde en apariencia todo es diverso, abierto y conectado, vemos como todo finalmente va encajando con nuestras propias expectativas e intereses -con su publicidad personalizada- y siempre sin incomodarnos y así la otredad se va diluyendo en nuestro propio espejo alterado. En la página 19 nos dice: “el ser humano no es un ser aislado, es un ser en relación con el otro, y esta comunión posibilita la creación de su naturaleza social. Nuestra conciencia se construye en un entramado de vínculos sociales, de los que no podemos escapar porque implicaría dar paso a la enfermedad mental”. Pero el autor es consciente y así denuncia que nuestros tiempos posmodernos están marcados por una acelerada individualización y fragmentación social. Vemos en los noticieros los informes de problemas con los inmigrantes y los extranjeros, las ocupaciones, la violencia doméstica y familiar, los crímenes, las guerras civiles y guerras entre potencias con la complicidad de otras instituciones internacionales llamadas a no aceptar todo ello. La ausencia de comunidad, necesidad a la que se han referido otros tantos pensadores, o la pérdida de referentes tradicionales (para dar paso a una constelación de ínfimas estrellas mediáticas llamados streamers e influencers) contribuyen a una fuerte sensación de vacío existencial, de vida pegada a una pantalla, pero desconectada del mundo real de personas que están a nuestro alrededor. El autor comenta: “Vivimos con otros y, al hacerlo, tejemos historia. Las experiencias compartidas se enlazan como costuras que, con el tiempo, forman la trama singular de cada vida. Algunas costuras son firmes y perduran; otras se rompen y dejan marcas” (pág. 75).
Hasta la intimidad se ha convertido en un objeto de consumo nos recuerda y cita a Byung Chul-Han cuando dice que el mundo actual “ha dejado de ser un teatro de representaciones para transformarse en un mercado donde las intimidades se exponen, venden y consumen” (pág. 70). Y nos permitimos adicionar lo siguiente: hoy está de moda la palabra “producirse” para referirse a la actividad personal de arreglarse para luego mostrarse en público al salir de casa y así dar la mejor impresión posible (y exigida). De esa forma, al producirme me convierto en un producto, y no debemos olvidar lo que les pasa a los productos: se muestran, se venden, se compran, se usan y finalmente, se desechan. Quizá eso mismo nos está pasando en nuestras relaciones interpersonales y, sobre todo, en las relaciones de pareja. Todo es intercambiable, usado y desechado. Y es en el vínculo íntimo y cercano donde nosotros nos encontramos y experimentamos el sentido, tan estudiado por autores como Viktor Frankl. Desde una mirada existencial, nos dice Esparza lo siguiente: “Nuestra vulnerabilidad permanente nos recuerda lo precarios que somos. La fragilidad humana no solo se manifiesta en nuestra corporeidad expuesta a la enfermedad o al deterioro, sino también en la conciencia que tenemos de esa precariedad. Saber que podemos rompernos es parte de nuestra condición. Por ello, necesitamos la presencia y el cuidado de otros para desarrollarnos. Afirmarnos y realizarnos plenamente. Nadie puede sostenerse solo en los momentos decisivos de la existencia” (pág. 75).
Además, en la página 24 nos advierte: “En la era preglobalizada, la felicidad se entendía como parte del proceso de vivir bien, integrada en una vida virtuosa y no como un objeto separado o una meta que pudiera perseguirse de forma individual. No tenía una categoría cerrada ni una urgencia propia, como ocurre en la era globalizada, donde la felicidad se ha convertido en una búsqueda imperiosa y casi obligatoria”. Y seguro estará Esparza de acuerdo que hoy los caminos establecidos por el sistema para llegar a ella pasan por el consumo, o el hiperconsumo como diría el filósofo Lipovetsky, también referenciado en el libro. Además, nos señala que esta promesa -y casi exigencia- de tener que ser feliz conlleva el riesgo, además del consumo, de la hiperactividad; estado donde el espacio para la reflexión, el ocio creativo, la contemplación o el simple descanso se pierde en una alocada vorágine de estar hiperconectado, recibiendo cientos de estímulos, cumpliendo con todas las obligaciones y sobreexigiéndonos para poder autorrealizarnos ¿o autoexplotarnos? y así llegar a la tan ansiada felicidad hollywoodense.
Carlos Esparza propone que “el desafío no está en dejar de desear todo lo que la publicidad nos ofrece, sino en aprender a reconocer cuando el mercado captura nuestra necesidad de sentido y la convierte en motor de consumo” (pág. 35). Recuperar un poco de claridad puede ayudarnos a no confundir lo que realmente requerimos de lo que otros crean para mantenernos vacíos al mismo tiempo que hambrientos de sentido. Y en la página 39 insiste: “La posibilidad de trabajar menos y vivir de manera más plena se ve obstaculizada por un sistema que prioriza la producción constante y el consumo voraz, dejando a las personas atrapadas en un ciclo de agotamiento y descontento”.
Este sujeto hipermoderno también viene siendo transformado profundamente en su forma de habitar el mundo: su lenguaje -oral y escrito- se empobrece, privilegia la cultura digital y desatiende la humana, no hay espacio para el pensamiento crítico y la meditación y su vida privada (su dentrura, como la llamaba Marco Aurelio Denegri) se va al garete. El viejo anhelo aristotélico de felicidad se ha desvirtuando completamente.
El ser humano necesita narrativas para orientarse y simbolizar un mundo cada vez más acelerado, incierto y emocionalmente difuso, nos señala. No podemos estar más de acuerdo con el autor de Cartografías del vacío. Y las consecuencias de todo esto luego se ven en los consultorios médicos y psicológicos. El ser humano actual, sobre todo el más joven, ya no se puede conocer, o mejor dicho se conoce en función a la opinión externa, al número de likes o reels que observa en su teléfono móvil. De lo que los demás dicen que hay que hacer, pensar y sentir. La salud mental, nos señala la obra, demanda una comprensión crítica de las estructuras sociales y económicas que dominan el mundo contemporáneo.
Afirma, finalmente, que este hombre actual ha perdido contacto con su esencia más profunda, y está atrapado (con su propia complicidad diríamos también) en una red impersonal de técnicas y capitalismo salvaje olvidando que la verdadera vida implica contemplación, empatía, autenticidad, libertad con límites, responsabilidad y vínculos con la vida.
Este ensayo de Carlos Esparza es meritorio. Con un lenguaje fluido, por momentos técnicos -pues son necesarios- sin dejar la claridad y la precisión nos lleva a reflexionar por varios temas centrales en la mirada existencial: el otro, la empatía, la comunicación, la soledad, el cansancio, el individualismo, la posmodernidad; haciendo necesarias paradas en este viaje por lo absurdo, la vitalidad, el tiempo, el capitalismo, la idea de progreso, las redes digitales, el amor, la ética del cuidado y la libertad. También encontramos en este trabajo a otros tantos valiosos autores como Erich Fromm, Rollo May, Michel Foucault, Martín Buber, Guy Debord, Martín Heidegger y Slavoj Žižek con sendas citas que invitan, no solo a la reflexión, sino al cambio. Porque también encontramos eso en el libro que reseñamos hoy, no solo la crítica y la denuncia sino el llamado a tomar consciencia, hacer un alto y reconsiderar nuestra forma de vernos a nosotros mismos, a los demás, al mundo y a la vida en general. Dice en el epílogo de la obra: “En un mundo que empuja a la productividad constante y al olvido de uno mismo, detenerse a pensar puede convertirse en una forma mínima, pero necesaria, de refugio” (pág. 87).
Recomendamos la lectura de este libro de ensayos del filósofo y psicólogo Carlos Esparza Melo, que nos ayuda a poder tener una descripción de este nuevo ciudadano mundial, así como llegar a comprender las causas de esta configuración y sus peligros. Y quizá, poder luego pensar entre todos formas de evitar una mayor deshumanización de las personas.





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