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CUCHO Y EL WALKMAN BLANCO

  • Foto del escritor: Manuel Arboccó de los Heros
    Manuel Arboccó de los Heros
  • 6 feb
  • 2 Min. de lectura

Por Manuel Arboccó de los Heros

Escritor, docente y psicólogo clínico




¡No puede ser!, exclamó emocionado Cuchito. Debajo de esos fólderes pasados yacía arrinconado su viejo walkman blanco, algo rayado, quiñado y ciertamente sucio. Había sido echado al mundo del desdén y del olvido años atrás en la última mudanza y permaneció en esa caja aplastada que hoy había decidido, casi de casualidad, revisar mientras limpiada su garaje.


En su interior encontró puesto un, también gastado, cassette de Soda Stereo, banda a la que Cucho siguió –cuál espía- allá por los años ochenta, en medio de esos tiempos de coches bomba, apagones, paquetazos e inflación económica y conciertos en el centro de Lima.



Imagen tomada de la web.




En sus años mozos solía colocar en ese walkman sus cassettes –diligentemente adquiridos en el Jr. Quilca- y todas esas melodías de sus músicos preferidos que iban apareciendo aligeraban su pesada mochila adolescente, llena de dudas, sueños rotos, frustraciones sexuales y acné. Soñaba febrilmente en su pubertad con ser músico, viajar por el país dando tocadas, tener fama, dinero y sobre todo mujeres que lo amaran y dispuestas a complacerlo en todo; luego despejada la marea hormonal pensó en convertirse en ingeniero de sonido pero no había ni dinero en casa ni mucho talento personal tampoco por lo que al final se dedicó durante largos años a vender música en las galerías de la avenida Brasil, en Jesús María: stand 201-B, llegando a tener cierta fama y prestigio en el mundo de la música subterránea, es decir entre unos cuantos muchachos pajeros, roneros, resinosos y antisociales como él, y como todos nosotros en algún momento es bueno aceptarlo.


Pero pasó el tiempo y en seguida vinieron las cuentas que pagar, la salida de la casa de sus padres, los amores -furtivos algunos, inmaduros otros-, y las chambas ocasionales hasta llegar a la actual. Cuando volteó la mirada llegaron también los hijos y la novia flaquita, risueña, servicial y dócil pasó muy rápido a ser la obesa y criticona esposa que daba pelea y exigía demasiado. Sin embargo, Cucho al igual que el Louis narrado por el compositor Franco de Vita, solía refugiarse en su música, y le gustaba repetir la frase de Nietzsche “sin la música la vida sería un error”.


Esa tarde dominical de octubre mientras su hijo, de ya casi 24 años, se despedía para ir a jugar a la pelota con sus amigos, Cucho encontró su antiguo walkman con un cassette dentro, procedió a colocarle dos pilas nuevas y luego apretó el botón de play. La habitación se pintó de azul y él escuchó extasiado los primeros acordes en si menor y la voz de Cerati diciendo: ”alguien me ha dicho que la soledad, se esconde tras tus ojos”.


Su esposa Lorena -amargada como de costumbre- que había entrado a recoger un trapo, vio sus ojos vidriosos, pero no se animó a decirle nada esta vez.

 
 
 

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