EL DR. ASCENCIO RUIZ
- Manuel Arboccó de los Heros

- 19 ene
- 3 min de lectura
Por Manuel Arboccó de los Heros
Escritor, psicólogo y conferencista
Había salido de la oficina un poco más temprano de lo habitual; el estudio de abogados ya no lo necesitaba por ese día. Pensaba darse una larga ducha y acicalarse como solo él sabía, ponerse lo más guapo posible, pues hoy tenía lo que él llamaba faena. A su gentil esposa le había dicho que tenía una jornada académico-profesional en un prestigioso hall de un hotel en San Isidro.
Se perfumaría con alguna de esas sofisticadas colonias que adquiría en las boutiques del aeropuerto de Lima cada vez que salía de viaje; se pondría ropa sport elegante de marca y subiría a su nueva camioneta china, recién lavada, para llegar como todo un hombre de cancha, un ganador, un abogado de éxito, al centro nocturno donde lo esperaba el placer.
Ya había ido ahí en reiteradas ocasiones. Siempre, sus acompañantes de turno habían sido muchachos jóvenes —generalmente estudiantes universitarios de los últimos ciclos que hacían prácticas en el estudio legal— que se rendían a sus pedidos y a los que él premiaba con generosas propinas.
Llegado al clandestino lugar miraflorino, que se publicitaba de día como un respetable centro de masajes para varones de alcurnia, seguiría la clásica rutina nocturna: ir al bar, pedirse un par de tragos, coquetear con el barman, fumarse un puro y así relajar las tensiones de la oficina. Luego, tras clavarle un ojo al chico más apuesto de la noche, solicitaría al encargado que lo convoque para pasar a los pequeños pero acogedores cuartos del segundo piso, para que se lo claven a él.

Village People en 1978.
Crédito: Michael Putland/Getty
Imagen tomada de la web.
Algunos de los concurrentes al lugar ya bailaban algo desaforados por la mezcla de alcohol, cocaína y música electrónica noventera que ahí ponían cuando nuestro amigo, el Dr. Ruiz, sintió muchísimo frío y estuvo a punto de desmayarse al ver, entre los comensales, a su compañero de trabajo encargado del área de finanzas: un jovencito abiertamente homosexual que, gracias a su simpatía, talento y responsabilidad laboral, se había ganado el cariño de todos, incluidos los más machistas y conservadores de la oficina.
En cambio, el Dr. Ruiz no había manifestado jamás ninguna inclinación parecida y hasta se jactaba de ser un feliz padre de familia, con esposa y tres hijos universitarios. Se le ocurrió salir disparado del lugar, o quizá subir inmediatamente al segundo piso para apresurar el trámite sexual con cualquiera de los muchachos disponibles y retirarse lo más pronto posible. Pero, tras quedar paralizado unos segundos, solo atinó a desviar la mirada e intentar pasar desapercibido, para lo cual se dirigió casi reptando a los servicios higiénicos ubicados en la esquina opuesta del salón. Un hombre bajito, viejo, sacalagua y muy afeminado lo rozó adrede mientras lo recorría con una mirada lasciva.
Orinó —más de nervios que de incontinencia—, se subió el ajustado pantalón, se lavó las manos más de lo necesario, se echó gel desinfectante antes de salir del baño y, sin saber qué hacer luego, agachó la mirada y decidió finalmente retirarse del lugar. No podía darse el lujo de que en el trabajo se dieran esas impertinentes habladurías de viejas chismosas sobre él y sus gustitos amorosos. Tenía una reputación muy bien ganada. Así que, aguantándose las ganas de que le empujaran la estaca como a Drácula, salió presuroso, serio y tenso del próspero puticlub gay.
El Dr. Ruiz, alias la gorda Ruiz en la oficina años más tarde, jamás supo que el jovencito homosexual que bailaba feliz en la pista un tema de Village People ya lo había identificado desde que lo vio ingresar al local con esos aires del famoso galán mexicano Andrés García, aunque en versión gay, claro.
Pero el joven supo guardar el secreto, al menos hasta la fiesta de fin de año, en la que, demasiado bebido, se fue de boca además de bragueta.





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