Por Manuel Arboccó de los Heros
Psicólogo y profesor universitario
Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INEI, 2024) los adultos mayores en nuestro país totalizan 4 millones 747 mil 803, los cuales representan el 13,9% de la población total del país. Según sexo, el 52,5% (2 millones 493 mil 532) son mujeres y el 47,5% (2 millones 254 mil 271) son hombres. Asimismo, se señala que el 2,2% (740 mil 613) de dicho grupo poblacional son octogenarios, es decir, tienen de 80 a más años de edad.
(ver 1).
La visión del adulto mayor ha ido cambiando según las épocas y los lugares. Recordemos el valor que tenía antiguamente “hacerse mayor”, apreciando la sapiencia, templanza y calma que se conseguía con los años y el aparecer de las canas. Los viejos, por así llamarlos, se convertían en los sabios de un pueblo o de una institución. Eran los referentes y hacia ellos nos dirigíamos para la consulta necesaria. Hoy los tiempos nos muestran una sociedad más apresurada, consumista, tecnocrática, mercantilista, adoradora del cuerpo y donde se debe rendir laboralmente de manera objetiva (y algo obsesiva también) entiéndase esto como trabajar en demasía, ganar dinero, gastarlo y ahorrarlo (sobre todo gastarlo). De esta forma los jóvenes y las mismas personas mayores podrían ver en la vejez un tiempo de incertidumbre, desempleo, falta de ingresos e improductividad. Si bien esto lastimosamente sucede, no podemos decir que es la regla general. Ya la Organización Mundial de la Salud (OMS) habla del envejecimiento activo, el cual va más allá de la actividad física, sino que considera la actividad intelectual, cívica, social, artística y espiritual. Esto es, mirar al ser humano en todas sus dimensiones y con todas sus posibilidades.
El psicoanalista Erik Erikson (1902-1994) en su famosa teoría del desarrollo psicosocial nos proponía una adultez mayor con sabiduría, integridad e integración del YO. Y con la necesidad de aún sentirse necesario y útil. Cierto que existen muchos estereotipos y prejuicios sobre la vejez a veces difíciles de descartar, así como realidades familiares y socioeconómicas muy crudas, donde la persona de edad padece innecesariamente abandono y pobreza, dolor físico e incapacidad. Pero no es una regla general insistimos.

Ya hay países donde se habla de la Cuarta Edad (y no solo de la tercera edad) en vista de poblaciones de personas longevas que hacen muchas cosas, que quieren vivir y que producen, inclusive más que ciertos apáticos jóvenes faltos de pasión y compromiso con la vida.
La falta de pasión, interés, motivación y sentido del humor así como la ausencia de sueños e ideales, es lo que más envejece al ser humano, más que la edad por sí misma. A tenerlo en cuenta.

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